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LA MANGA

¡¡Langostas!!... gritó papá, corriendo hacia el galpón donde dormían su siesta los peones. Yo, que por ese tiempo tenía seis años y había escuchado lo tremendo que sería si alguna vez llegaran las langostas, creí enloquecer de espanto.

Mamá iba de un lado a otro, llamándonos a mí y a mis hermanos a todo grito, como si nos hubiéramos ido muy lejos, aunque en realidad estábamos prendidos a su vestido.

Sin saber hacia dónde mirar, ya que todos se desplazaban en distintas direcciones, sólo atiné a dejarme arrastrar en la desorientada carrera de mamá, sin un propósito cierto. Mis hermanos más pequeños, aterrados por la inusual situación, lloraban desconsolados.

De pronto las vi. Una mancha negra en el cielo, que se agrandaba por segundos y venía en dirección a nuestro campo. Papá y los peones, que gritaban y maldecían, caminaban decididos hacia ellas, enfrentándolas. Prendían fogatas para provocar humo e iban armados con tachos y fuentones de aluminio a modo de tambores; éstos, al ser golpeados, provocaban un ruido atronador.

El cielo oscureció y aquélla nube informe fue fracturándose en millones de voraces insectos que, bajando hacia nuestros sembrados, los arrasaron sin piedad.

A mi madre la perdí de vista al internarse en una de las chacras, en socorro de dos terneros recién nacidos que no lograban defenderse solos en tal infierno.

Como esto continuó durante toda la tarde hasta entrada la noche y ocupados todos en la feroz batalla, nadie pareció recordar que debíamos tener hambre.

Y entonces, tras asumir la responsabilidad que me cabía como hermano mayor, fui a la cocina con la intención de preparar galletas enmantecadas para mí y mis hermanos. Coloqué una silla contra la alacena de la esquina, estiré mi brazo lo más que pude y llegué a tocar el tarro que las contenía. Con la punta de mis dedos intenté acercarlo hasta el borde mismo del estante y, casi lográndolo, percibí un murmullo desconocido que me llevó a mirar hacia arriba. Cientos de langostas, encaramadas unas sobre otras como en un gran enjambre, bullían muy cerca de mi cabeza. Era evidente que habían permanecido prendidas al techo hasta el momento en que tuve la mala idea de fastidiarlas. Un estremecimiento me recorrió el cuerpo haciéndome perder el equilibrio. Al caer, mi cabeza golpeó contra un desnivel del piso. Ya en el suelo, no obstante el agudo dolor, alcancé a ver cómo bajaban voraces hacia los bizcochos dispersos. Cerré mis ojos. Mucho más fuerte que el miedo fue la sensación de desconsuelo y necesidad de abrazo. Y luego, por más esfuerzos que hice para mirar en derredor, me mantuve con los ojos apretados, aislado del mundo, sin escuchar los reclamos, órdenes o súplicas de los que me rodeaban.

En los primeros años que siguieron a esa noche, aunque sin poder ver ni hablar, sentía en el rostro la humedad de mi almohada empapada en lágrimas y muchas ganas de refugiarme en la cama grande en medio de papá y mamá.

El terror de volver a sentirlas allí, al lado mío, cubriéndome, tiritantes, ávidas, metiéndose entre mi ropa en busca de algo para engullir, hizo que perdiera interés en retornar a ese mundo que, de pronto, había dejado de brindarme la seguridad que necesitaba. Me fui sumergiendo poco a poco en un espacio desconocido donde el penetrante dolor de cabeza parecía intensificarse. Pasado un tiempo (¿cuánto?), dejé también de escucharlas. Cerré mis oídos a todos los ruidos de la casa, sólo con la conciencia de que cada tanto alguien me lavaba o acomodaba dándome vuelta, sin que yo abandonara mi posición fetal.

Luego, entré en la oscuridad y las tinieblas.

Así, huésped en un mundo de sombras y de silencios, me hundí en una especie de vida vegetativa aunque distinguía los disímiles sentimientos que despertaba entre los que me cuidaban: dolor, compasión y al final, mucho tiempo después –al morir mis padres y partir mis hermanos- el fastidio y renuncia a mi suerte.

Fue entonces que se me recluyó en el galpón mas alejado de la casa.


Hoy tengo una sensación nueva, como si acabara de regresar de muy lejos. Abro mis ojos por fin después de tanto tiempo y miro mi cuerpo sin reconocerlo. Las manos... ¡Dios! ¿Dónde he estado durante todos estos años? Sin embargo, esta habitación, estos muebles… quizás nunca dejaron de estar aquí, en este espacio tan familiar a la vez que agobiante, así como las paredes con manchas de humedad que, al mirarlas, no me resultan extrañas.

Pronto llegará alguien a traerme comida y a limpiarme, pero ese alguien... ¿quién es? Sólo soy conciente de su paso fugaz.

Con temor, intento mover mis piernas. Me arrastro fuera de mi cama, enderezo la espalda arqueada, comienzo a incorporarme. Voy impulsándome hasta la ventana y la abro. Tengo la sensación de efectuar movimientos repetitivos, como si ya los hubiera realizado en alguna otra ocasión.

Afuera hay sol y todo está muy verde. Alcanzo a divisar la estancia con galerías pintadas de azul y enredaderas que trepan cargadas de flores; los que deambulan por sus patios nada tienen que ver con los afectos niños que un día dejé.

Quisiera desandar el tiempo y reencontrarme con tantas voces extraviadas y rostros queridos de aquellos que alguna vez me amaron.

Mi razón empieza a comprender que la única forma de hacerlo es regresar al día en que las langostas devastaron los campos de mi padre. Ruego que la pesadilla se reitere y borre este presente de mi memoria, este presente adulto que he vislumbrado desde mi impotencia vegetal y no me interesa vivir.

Conservo la esperanza de que el milagro acontezca en mi próximo despertar.

Cierro la ventana, corro las cortinas y vuelvo a dormirme.



Ignoro cuánto tiempo ha pasado desde aquella vez en que, al mirar por las ventanas, vi que la primavera se derramaba en colores brillantes. No me animo a abrir los ojos. Siento que alguien acaricia mi rostro y aprieta mis manos que están frías como el hielo. Escucho a lo lejos la voz de mi padre ordenando no sé que cosa. Creo que, a los gritos, pide ayuda. ¿Ayuda para quién y para qué? Ya estoy casi despierto y el barullo que escucho es caótico. Y ahora sí las veo, nuevamente mirándome, pegadas al techo de la cocina. De pronto recuerdo todo, me estremezco e intento incorporarme. Mis hermanos menores me observan entre serios y divertidos.

- Llevás como una hora durmiendo tirado en ese piso frío – dice mi madre – Levantate y ayudanos, aunque sea cuidando a los chicos. Capaz que ni te enteraste que se vino la manga y nos dejó pelado el campo.


Me acerco a una ventana buscando encontrar ese galpón donde me recluyeron. Lo veo, alejado de la casa, con la ventana abierta de par en par.

Distingo a alguien que se me parece. Asomado, me saluda con la mano.

Yo también lo saludo.

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